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El guardián de la nave

EL  GUARDIÁN  DE  LA  NAVE

El miedo es un ente malicioso que se infiltra en nuestro organismo por todos los poros de nuestra epidermis, extiende sus ramificaciones posesivas y nos atenaza con una fuerza sobrecogedora y paralizante. A veces es una respuesta adecuada ante una situación acuciante que contiene ciertos ingredientes que suponen una amenaza para nuestra integridad. En otras ocasiones es la exagerada consecuencia de un infundio de naturaleza imaginaria, la máscara grotesca de una inconsciencia que bosteza al presenciar con desencanto la adormecedora rutina. Lo más inquietante del miedo (y que conste que no hablo por hablar, sino con conocimiento de causa) es que, en algunos momentos, no es fácil discernir si lo que oprime nuestro ánimo es un peligro real, o bien, es un simple montaje orquestado por una mente rebelde que tiene a su disposición una extensa amalgama de recuerdos y ensoñaciones, fantasmagorías y presentimientos que le resulta sumamente propicia para urdir un engaño.

El cielo anubarrado ocultaba las estrellas, esas brújulas impenitentes que han servido de guías a tantos navegantes desorientados en océanos interminables, indiferenciados en su negrura oleaginosa, de la misma manera que desempeñan la función de consejeras espirituales para tantos náufragos de ese no menos vasto océano de incertidumbres al que vamos a parar tras nuestro nacimiento. El viento suave, que sonaba como un flautín desafinado, no lograba abrir claros en el tejido abotagado del firmamento, negándome con persistencia la contemplación de la astronomía casi extinta de la urbe.

El polígono industrial (una denominación muy apropiada, pues la funcional geometría de los edificios de aquel territorio urbanizado carecía de encanto arquitectónico) por el que transitaba hacia la nave en la que debía desempeñar mi cargo como vigilante, estaba tan desierto como de costumbre. En mi itinerario pasaba junto a fábricas abandonadas con los cristales de las ventanas rotos y otros signos de abandono que las dejaban impregnadas de un hálito tétrico. De vez en cuando se me cruzaba algún viandante de mirada esquiva, con las manos metidas en los bolsillos, que caminaba con ese aire furtivo y azorado propio de los peatones que vuelven a casa a deshoras, temiendo quizá el asalto de un atracador noctámbulo que invierte esas horas de oscuridad en cometer sus tropelías. En el complejo industrial por el que caminaba, la oscuridad sólo estaba atenuada por unas farolas de vapor de sodio que se alzaban muy espaciadas entre sí y que depositaban charcos de luz redondeados en sus inmediaciones, amén de los vivos rótulos de neón que constituían un rasgo inequívoco de las empresas junto a las que pasaba.

Accedí a la nave por una estrecha puerta metálica revestida con una capa de pintura descascarillada, que abrí con mi juego de llaves, y anduve hasta la garita acristalada. Allí me aguardaba mi predecesor en el turno de vigilancia, Damián, quien al verme se apresuró a aplastar su humeante cigarrillo contra el cenicero (lo hizo con tanta minuciosidad que parecía estar ensañándose con él), antes de abandonar su puesto para darme el relevo. Damián era un individuo en el ocaso de su vida laboral, con las cejas revueltas y en forma de bumerán, y un rostro huérfano de cuchilla que estaba algo enrojecido y excoriado por unas rascaduras que él mismo se infligía, sedimentando suciedad en las fisuras que separan sus uñas de su piel. El desaliño con el que vestía —supongo que por pura desidia, no por desatenciones conyugales— sólo era atribuible a uno de esos zarrapastrosos vagabundos que deambulan por las ciudades arruinando la imagen turística que ha de prevalecer en ellas a toda costa. Llevaba puesta una camisa a cuadros de tonos tostados y cubierta de pelusa de tantos y tantos lavados, con los botones mal confrontados, sin casar bien, y unos pantalones grises de pana con algún remiendo más de lo que mandan las buenas costumbres.

—Ándate con cuidado, mozalbete —me aconsejó con su timbre de voz ligeramente nasal, mientras me sacudía un índice nudoso delante de la cara. Aquella escena me resultó tan irrisoria (tanto la recomendación como sus gestos eran patéticos) que tuve que morderme los labios para contener la risa—, que la competencia siempre está esperando al menor descuido para jugártela. —En las comisuras de los labios se le había formado una diminuta membrana amarillenta de textura mucilaginosa que conminaba mi atención. Su repertorio de dogmas, que pecaba de exiguo, era repetido incansablemente con esa machaconería insufrible que sacan a relucir quienes se creen dueños de la verdades absolutas, unas certezas repelentes a los matices, porque son fruto de experiencia verídicas de su vida.

Al bueno de Damián no le quitaban el sueño los desperfectos que pudieran ocasionar los fenómenos meteorológicos o el vandalismo —el mes pasado unos gamberros habían hecho unas pintadas obscenas en el muro trasero de la nave—, pero él no había dado la menor muestra de sentirse alterado con estas gamberradas, las cuales siempre calificaba como “ingenuas canalladas que cubre el seguro”; lo que a él en verdad le inquietaba eran las temibles maniobras de una hipotética competencia traicionera y desleal a más no poder (aunque invariablemente se refería a esos supuestos competidores de una forma genérica) que a todas horas permanecía pendiente del menor descuido para poner en práctica un “boicot” que, según él, desestabilizaría irremisiblemente la economía de la empresa.

—El hecho de que la Empresa (lamento contravenir ciertas normas lingüísticas, pero Damián era uno de esos empleados probos que a buen seguro hubiera magnificado la categoría del centro de trabajo que sufragaba su existencia) marche viento en popa es algo que les sabe a cuerno quemado a nuestros competidores, chavalete —aunque me había presentado incontables veces, el muy maleducado u olvidadizo nunca se dignaba a llamarme por mi legítimo nombre de pila—. Así que ya sabes, a la más mínima sospecha de peligro, das parte a la policía.

El veterano guardián hacía gala de esa actitud displicente y didáctica que los trabajadores veteranos reservan a los principiantes, aunque su posición laboral en la empresa sea idéntica.

—Dalo por seguro, Damián —contesté con forzada indulgencia, procurando que mi voz no trasluciera el tremendo aburrimiento que arrastraba, por culpa de unas lecciones que ya me habían sido inculcadas durante mi etapa de preparación y que empezaban a resultarme insoportables de otra boca.

El guarda que me precedía abandonó por fin el recinto con el paso algo desacompasado de un jinete (el sedentarismo excesivo hace mella hasta en los andares) y yo me quedé en compañía de mi inseparable soledad. A mi espalda, en el momento en el que Damián traspuso el umbral de la puerta, pude oír con nitidez cómo las nubes se liberaban de su carga acuosa, baqueteando el suelo con el ímpetu feroz de una cascada o un sifón. Oí un trueno, que se dio un aire al rugido de una bestia apocalíptica y que me hizo pegar un aparatoso respingo.

La nave era, en realidad, el inmenso taller —su capacidad era tal que a nadie le habría parecido descabellado compararlo con el hangar de una compañía aeronáutica— de una serie de empresas dedicadas a las obras públicas en el ámbito regional. Normalmente, flotaba en el ambiente un olor a líquido anticongelante, aceite de engrase, carburante y a otras nocivas miasmas (aunque su olor dulzón no resultaba demasiado desagradable) que recorrían las tripas artificiales de las criaturas metálicas. La nave contaba con unos andamiajes compuestos de pasarelas de rejilla y escaleras de mano, que les facilitaban a los mecánicos —veterinarios de la modernidad— la toma de contacto con las máquinas. El recinto quedaba vagamente iluminado por unas claraboyas instaladas en la arqueada techumbre. Era proverbial la roñosería del gerente de la empresa, don Aurelio Marquina, que se resistía empecinadamente a dejar encendidas las hileras de fluorescentes colgantes del recinto durante la noche, a pesar de que la normativa así lo exigía. Una circunstancia que, a aquellas horas intempestivas, igualaba, en cierto modo, el aspecto de apisonadoras, perforadoras, palas cargadoras, “bulldozers”, excavadoras, grúas, árganas con contrapesos descomunales, camiones-volquete y cualquier otra maquinaria mastodóntica sometida a una reparación, o bien, a un reglaje o reajuste de las piezas.

Entré en la cabina del guarda y tomé asiento en la silla de madera de respaldo tallado y cojera incurable, donde transcurrían con parsimonia, basculando mentalmente entre el hastío y la abnegación, las horas vacuas que me reportan el salario exiguo, gracias al cual subsisto sin conocer demasiados artículos gravados con el impuesto de lujo. La condenada silla cojeaba cada vez más porque, de vez en cuando, el descuidado de Damián pegaba tacos de goma de diferente grosor en las patas, sin percatarse de que las baldosas, mal niveladas, también contribuían a eternizar la cojera crónica del mueble. Creo que a aquellas alturas todas las patas tenían longitudes diferentes.

Sobre la mesa, junto a un periódico deportivo manoseado y jalonado con lamparones grasientos (en algunas páginas se podía apreciar claramente la densa espiral dactilográfica de la yema de algún dedo), había un cenicero de hojalata de una marca desconocida de vermú, con sus bordes mohosos de herrumbre, cargado de colillas de tabaco negro aplastadas y un cúmulo de ceniza. Con cierta aprensión aparté el rebosante cenicero y intenté concentrarme en el texto del diario, mas en vano, pues no era capaz de pasar por alto ni por un segundo las ofensivas improntas digitales. Se oyó otro trueno que en esta ocasión estuvo revestido de un retumbar con resonancias metálicas; daba la sensación de que Thor se hubiera aprestado a reanudar sus actividades, amartillando sobre un yunque para sembrar temores olvidados entre los humanos, incrédulos ante lo sobrenatural. Al rato, opté por adelantar mi tradicional paseo por la nave (solía reservarlo para el cenit de mi jornada laboral, a eso de las tres y media de la madrugada), pues estaba empezando a perder la paciencia en aquella garita donde todo era cutre, asquerosamente familiar, e inducía, sin posibilidad de poner remedio, a reconcomerse el alma con mil recriminaciones que no eran sino ladridos a la luna o disparos de fogueo al cielo, y que carecían de un destinatario que no fuera yo.

Caminaba en una penumbra que abocetaba los contornos superiores de las moles mecánicas, y hacía que el espacio circundante a ras de suelo, quedara anegado de una profunda negrura. La oscuridad no era absoluta (habitualmente no lo es ni aun cerrando los ojos con fuerza), pues ante mí hormigueaban unos tenues puntos de colores, y por ello veía lo suficiente para no chocarme contra un obstáculo. Me gustaba vagar por la nave a oscuras, entre las máquinas convalecientes, avanzando con los brazos estirados como hacen los sonámbulos y los muertos vivientes para no estrellarme, porque experimentaba esa sensación amedrentadora y atractiva al mismo tiempo, que deben de sentir los profanadores de tumbas o los paracaidistas. A veces prorrumpía en alaridos desafiando al silencio catedralicio de la nave, para que el eco, esa sombra sonora y burlona, me devolviera el fragor de una turba de gente que aplacara la indecible desolación de mi turno nocturno de guardia. Luego solía sobrevenir un silencio que de tan absoluto tenía algo de sibilante.

Pero en aquella ocasión llegó hasta mis oídos un golpeteo sordo de procedencia incógnita. Al principio atribuí a este inquietante triquitraque, a un burdo artificio de mi imaginación, pero la persistencia del sonido me hizo desterrar tal suposición. Su continuidad también me hizo descartar la posibilidad de que pudiera tratarse de simples asentamientos naturales de algunas piezas internas recién instaladas en aquellos dinosaurios futuristas.

Azuzado por esa presencia abstracta y angustiosa que representa los horrores indefinidos que pueblan las pesadillas, me dirigí hacia la garita a tientas, en todo momento aquejado de una flojera de piernas que me hizo adoptar en mi camino el rumbo serpenteante e inseguro de un tipo ebrio. En el interior, descolgué decididamente el auricular del teléfono, lo sostuve vacilante delante de mis narices pero, al cabo, desoyendo el consejo que Damián hubiera querido elevar a la categoría de mandato, preferí no recurrir a las autoridades. No llamé porque no albergaba la menor duda de que me tomarían por un chalado necesitado de un teléfono de la esperanza o de una consulta de diván si demandara presencia policial con un pretexto tan sólido como haber oído unos ruidos sospechosos. Y como no estaba dispuesto a que mi reputación quedase mancillada (o, peor aún: que mi cordura fuera puesta en entredicho) con aquel despropósito, decidí armarme de valor y plantar cara a lo desconocido. Las manos me temblaban y los dientes me castañeteaban de una forma desconocida cuando saqué del cajón del escritorio la linterna cilíndrica, pero no me arredré.

El chorro de luz que salía de la linterna (que hacía una doble función de talismán y arma arrojadiza) agravaba el misticismo que imperaba en el recinto, pues ahora surgían gigantescas sombras móviles que se proyectaban por todas partes, creando un sorprendente conjunto de efectos caleidoscópicos.

Conforme volvía al sector donde había oído los inexplicables ruidos, noté cómo mi respiración se volvía rápida y anhelosa, quizá para amoldarse al ritmo desbocado de mi corazón, que sonaba como un redoble de tambor, en un involuntario ejercicio de percusión. Mis pasos estaban lastrados por el peso adicional del pánico. En realidad, me daba la sensación de que, en lugar de llevar puesto el uniforme de la agencia de seguridad para la cual trabajo, me hubiera ataviado con una escafandra o un traje de astronauta. De pronto, sintonicé unos sonidos guturales (eran como gruñidos reprimidos) que se habían sumado al incesante aluvión de golpes sordos, pero perfectamente audibles. Ahuequé las manos en torno a mis orejas para agrandar mi pabellón auditivo y captar con mayor precisión la procedencia del ruido y, al poco, localicé el lugar de procedencia: la pala mecánica de una gigantesca excavadora. Por un momento y dejándome llevar por una paranoia más propia de Damián que de mí, se me pasó por la cabeza que aquel suceso tan extraño pudiera tratarse de un retorcido subterfugio llevado a cabo por una presunta empresa de la competencia, para acabar con mis nervios. Algo así como un remedo del Caballo de Troya con operarios escondidos (saboteadores industriales si hemos de seguir el símil) y malintencionados que enarbolarían mazas y martillos que les servirían para destrozar los huéspedes impasibles de cuya vigilancia me ocupaba. Pero el miedo (no sé si por que cultivo cierto gusto atávico hacia el sadomasoquismo) ejercía sobre mí un influjo de efectos similares a la hipnosis y continué husmeando.

Alumbré con la linterna la enorme excavadora —calculé que la pala quedaría a veinte o veinticinco metros de altura—, que parecía estar alzando los brazos para pronunciar una plegaria al dios impío de la tecnología, un dios venerado que no requiere altares, plegarias, ni ninguna otra consideración sagrada. No me desalenté al comprobar que no había ninguna pasarela desde la que poder examinar el vehículo, lo cual me obligaba a renunciar a esta vía de acceso. Insidiosos goterones de sudor, que formaban parte de un peregrinaje gobernado por la gravedad, surcaban la orografía de mi piel haciéndome cosquillas.

Auspiciado por el trémulo haz de la linterna, que me anticipaba el camino, comencé el ascenso por un tramo de peldaños metálicos flanqueado por unas agarraderas, hasta que alcancé la cabina del operario. Mi subida había sido premiosa, casi denodada, puesto que temía dar un paso en falso en la oscuridad, pero tuve el valor suficiente para no echarme atrás. Con los jadeos atropellados del que se repone de un esfuerzo físico desacostumbrado e intentando desembarazarme de un temor que me angustiaba y entorpecía mis movimientos, me subí al techo de la cabina del vehículo.

Hasta el momento, la ascensión no había revestido demasiadas dificultades; sería a partir de entonces cuando me tocaría enfrentarme a la parte más peliaguda: encaramarme a la pala excavadora. La distancia que me separaba de mi objetivo, que se encontraba a poco más de dos metros y estaba ligeramente elevado respecto al plano del techo de la cabina, me exigiría dar un salto considerable. Una oscuridad impenetrable, desdeñosa ante mis intentos de escudriñarla, se abría a mis pies desafiándome a brincar. El golpeteo sordo se intensificó perentoriamente, sacándome de mi reticente ensimismamiento. Me alegré de que tanto el techo de la excavadora como el borde de la pala al que habría de agarrarme estuvieran galvanizados de luz y me sirvieran de referencia. De la misma manera, celebré que la parte de la pala por la que efectuaría el salto no ostentara el reborde de picos triangulares e incisivos como las fauces de un tiburón que, en cambio, sí presentaba la parte contraria. Lancé la linterna, que describió una línea curva y luminosa como el rastro de una estrella fugaz, al interior del pala y me dispuse a ejecutar el salto. Con el fin de adquirir el máximo impulso, tomé carrerilla desde el punto más alejado del techo de la cabina. Entonces, procurando hacerme a la idea de que las peripecias que estaba protagonizando formaban parte de una fantasía irreal (los sueños son refugios surrealistas que te preservan de cualquier peligro) con objeto de no considerar muy en serio la posibilidad real de precipitarme al vacío, di un par de zancadas y salté propulsándome con todas mis energías. Como un acróbata experimentado, logré aferrarme con firmeza al borde engarfiándome con ambos brazos. La inercia resultante del vuelo hizo que mis rodillas recibieran un topetazo morrocotudo contra la pared externa que tuvo vagas reminiscencias metálicas de gong, pero en un vigoroso alarde de resistencia propio de un púgil en medio de un combate decisivo, soporté la dolorosa colisión. Algunas gotas de sudor que atravesaban mi frente se saltaban el atascadero de mis cejas e iban a parar a mis ojos como si de una dosis de colirio mal administrada se tratara. Acto seguido, logré encaramarme en la pala que, para mi sorpresa, estaba cubierta de tierra casi hasta los bordes. Envalentonado por la proeza efectuada y con ayuda del extremo ciego de la linterna (la parte luciente me deslumbraba con la refulgente contundencia de una supernova), me agaché y empecé a escarbar en la tierra imitando a un perro que busca un hueso que ha enterrado con antelación. Cada vez captaba con mayor intensidad el incesante ruido, que se hacía más apremiante por momentos. Me aterraba barajar mentalmente conjeturas sobre el emisor del enigmático sonido —aunque no dejé de tener presente que el responsable fuera una víctima de una muerte aparente, uno de esos fallecimientos temporales que pueden acaecer a causa de cierta enfermedad coronaria—, y por eso trataba de apartar estos pensamientos dejándome llevar por el frenesí incontenible de buscador de oro del que era presa. Ahondé a toda velocidad y enseguida di con un grueso panel de conglomerado de madera contra el que me raspé las yemas de los dedos.

Contorneé con las manos el misterioso hallazgo averiguando que se trataba de un ataúd de tosca fabricación. La tapadera del féretro (aunque este término no haga justicia a la extrema vulgaridad de aquel embalaje) retemblaba al contacto de los empellones de quienquiera que estuviera encerrado. Ahora que el inquilino del ataúd ya no cargaba con el peso de la tierra (el enterrado había sido un Atlas de pacotilla), los clavos que afianzaban el que suele constituir el último refugio, empezaban a entreverse a cada embestida, alineados a lo largo de los cantos de la burda caja funeraria. Por fin, la tapa se desprendió y la visión obscena a la que de improviso fueron sometidos mis ojos, me hizo soltar un alarido desgarrador y destemplado que se prolongó durante unos segundos; el aullido coincidió con un trueno y un fucilazo que constituyeron una apoteosis de decibelios y refulgencia que asocié al presunto “Big-Bang” primigenio y que me hicieron padecer un síncope momentáneo del que afortunadamente me repuse.

Tendido en el interior del ataúd se veía (aunque yo tardé en enfocarlo tras la exposición a la luz a la que me había sometido) una aberración humana, un engendro horrendo que hubiera despreciado el mismísimo Lucifer. Su indumentaria quedaba reducida a un pantalón de pijama infantil raído y desgastado hasta el punto de asemejarse a una prenda transparente. Todo su cuerpo (a excepción de las uñas, las palmas de las manos, las plantas de los pies y la zona orbicular de alrededor de los ojos) estaba cubierto por una espesa mata de pelo que le confería una apariencia bestial, terrorífica. Sobreponiéndome a la repugnancia que me suscitaba la criatura, desanudé una servilleta que tenía atada en torno a la boca a guisa de mordaza. El sujeto, aspiraba y exhalaba aire ruidosamente y me miraba con cierta prevención, como si tuviera derecho a reprocharle algo a su salvador. Sus extremidades estaban inmovilizadas con una cuerda verde de las que se utilizan para tender la ropa, lo que ponía una nota grotesca en semejante drama.

El enfermo de licantropía (y eso que la noche no estaba presidida por la luna llena que suele propiciar estas transfiguraciones) intentaba recobrar el resuello tras sus penurias subterráneas. Entretuve mi mirada en su cara, pero sus facciones ocultas por su plétora de pelo crecido e hirsuto me vedaban esta intrusión visual.

Cuando se repuso de su acaloramiento interrogué a aquel feto humanoide, sin poder evitar que me entrara una risa histérica, acerca del responsable de su sepultura precoz. Antes de que alguien me tache de insensible quiero aprovechar para decir por experiencia que la risa auténtica (no me refiero a esa risa forzada de corteses pretensiones que tanto se prodiga en las reuniones sociales) es una mujer grosera que nunca acude a sus citas, pero que puede aparecer en circunstancias tan inoportunas como en un velatorio o en un entierro. Me imagino que la inhumana tensión psíquica que había estado acumulando, me exigió entonces una descarga emocional en condiciones. No obstante, al engendro no pareció molestarle mi actitud divertida. Mientras lo ayudaba a desprenderse de sus ligaduras (por fortuna, los nudos eran tan aparatosos como ineficaces) el viviente póstumo me puso al corriente de su historia hablando con voz estropajosa. Aquel tipo, cuya espeluznante fealdad hubiera hecho palidecer al jorobado Quasimodo o al Abominable Hombre de las Nieves había nacido con el germen de una enfermedad congénita rarísima conocida como “síndrome del hombre-lobo” que incubó paulatinamente y acabó por manifestarse en toda su virulencia al alcanzar la mayoría de edad. Este síndrome hacía que toda la superficie de su cuerpo fuera infamado con una profusión pilosa desmesurada. Cuando su enfermedad empezó a hacerse patente en su fisonomía su familia renegó de él (sobre todo su padre, que era actor teatral que pisaban bien las tablas y le daba una vergüenza tremenda ante sus amistades hacer frente a aquel oprobio del destino) y lo confinó en un polvoriento desván en el que se acumulaban todos los cachivaches de la casa y donde le habían suministrado lo justo para sobrevivir, no tanto por caridad, como para no incurrir en un delito. Como es natural, esta crudelísima reclusión le había impulsado a deshacerse en obstinadas súplicas y peticiones de misericordia que sus allegados soportaron con una resignación empedernida. A los pocos meses, sus atribulados progenitores, demasiado cobardes como para mancharse las manos de sangre, pero deseosos de acabar con tanta escandalera extemporánea, tramaron un plan para deshacerse de él. La noche pasada, habían aprovechado que dormía, para entrar en la buhardilla y adormecerlo por medio de un somnífero que pudo ser cloroformo. El resto de la historia se queda en esa zona de nadie en la que sólo se puede conjeturar. Debieron de escoger para su temprana sepultura un solar abandonado o quizá ruinoso con tan mala sombra que aquel mismo día unas máquinas de la construcción emprendieron unas obras allí. Seguramente, la máquina que exhumó el cadáver, se había averiado antes de desprenderse de la última porción de tierra recogida. Así pues, el desventurado sujeto había permanecido enterrado en penosas circunstancias, envuelto en la negrura y en la asfixia, ensordecido de tanto silencio, con la claustrofobia oprimiéndole de una forma casi física.

—Estaba a punto de tirar la toalla cuando oí ruido en el exterior —me contó incorporándose del horroroso catafalco—. No sabes cuánto me alegro de que me oyeras. Por cierto, ¿por dónde se baja de aquí?

—No te preocupes —improvisé sin pestañear—, el suelo queda a poco más de dos metros. —Me acerqué despacio, pero con resolución al borde dentado de la pala y simulé que estaba preparándome para dejarme caer al suelo.

El imprudente liberado se me adelantó y apenas tardó una fracción de segundo en darse cuenta de que había sido engañado vilmente. En su salto al vacío sin paracaídas, lanzó un alarido estridente que concluyó de forma brusca y que me transmitió un sádico ataque de hilaridad, un salvaje paroxismo de carcajadas que amenazaba con cortarme la respiración.

2 respuestas a «El guardián de la nave»

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