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Reinas del estadio

REINAS DEL ESTADIO

 CAPÍTULO 1. “LA VETERANA Y LA PRINCIPIANTE”

Soy Luisa Tortosa, tengo treinta y cinco años y, en la actualidad, ostento el récord de España de los cuatrocientos metros lisos. Tengo una medalla de bronce en un campeonato “indoor” celebrado en Moscú y una de plata obtenida en un campeonato del mundo al aire libre, que tuvo lugar en Estocolmo y que es, hasta la fecha, mi mayor logro.

Pero no les aburriré desgranando mi palmarés; ya sé que no están leyendo este relato para enterarse de mis hazañas deportivas. Quiero hablarles de aspectos más íntimos de mi vida, de aquello que nadie cuenta si no es a cambio de dinero, pero que todo el mundo desea saber para alimentar el cotilla morboso que lleva dentro.

Les contaré con pelos y señales lo que me ocurrió en la villa olímpica de Buenos Aires, durante la celebración de los Juegos Olímpicos del 2032. En Atletismo sólo nos llevamos un diploma olímpico en categoría masculina de lanzamiento de disco, pero reconozco que hubo otra clase de sucesos reseñables, al menos, en lo concerniente al terreno personal.

Sé que las villas olímpicas siempre han tenido fama de lugares donde se practica sexo sin restricciones. Y yo, que he estado en unas cuantas, puedo asegurarles que no es ningún infundio periodístico.

Las villas olímpicas son las ciudades donde conviven durante tres semanas los cuerpos en mejor forma del mundo. Follar no es la única actividad que se practica en el tiempo libre (también se lee o se charla), pero les aseguro que un buen número de deportistas se conocen e intiman. Cuando cae la noche, unos descansan del ajetreo diario, otros sueñan con convertirse en leyendas y los más afortunados se ejercitan en el deporte del sexo, un deporte carente de reglas y de tiempos, pero, sin duda, muy entretenido.

Me adjudicaron de compañera de habitación a la jovencísima Eva Sánchez, de veinte años. Iba a participar en cuatrocientos metros vallas. Había conseguido la marca mínima de la clase A, por seis centésimas y estaba que no cabía en sí de orgullo, porque eran sus primeros juegos.

No era alta, apenas un metro sesenta y pesaba cincuenta kilos, pero nadie lo había hecho mejor que ella en las pruebas para dirimir quien iría a los juegos olímpicos. Llevaba la cabeza rapada por los laterales y con el pelo largo por el centro, un corte transgresor. El tema del cabello, yo lo solucionaba echándome toneladas de fijador. Lo había llevado corto en alguna ocasión, pero no me favorecía. Ella solía correr con unas trenzas, entrelazadas con el cabello y recogidas con una diadema transparente.

En España siempre habíamos tenido buenos atletas de fondo o de medio fondo (en el fondo, éramos buenos), pero nunca se había dado el caso de contar con atletas en categoría femenina, que fuéramos a competir en las dos modalidades de cuatrocientos: lisos y vallas.

Personalmente, había seguido muy de cerca la evolución de Eva Sánchez, una chica natural de Elche que, desde sus comienzos, daba claras señales de que iba a llegar lejos. No sé muy bien qué vi exactamente en ella, pero me acuerdo perfectamente de aquella alegre chavalilla alicantina que acababa de proclamarse campeona de España en categoría alevín, a la que entregué una medalla en un estadio sevillano.

Ella había seguido el duro camino de ascenso hasta la cima. La naturaleza no le había dado ventajas iniciales. Partía del mismo punto que muchas otras, pero enseguida demostró que su carácter disciplinado valía un potosí. Había ido destacando en competiciones nacionales: cadete, juvenil, promesa…, hasta llegar a lo más alto a nivel de competición mundial. Y digo duro, porque el atletismo tiene muy poca relevancia social y, por lo tanto, muy poca repercusión mediática. Aunque seas una figura del atletismo reconocida internacionalmente, no te conviertes en un ídolo; casi nadie te para por la calle para que le firmes un autógrafo o para que poses para una foto de recuerdo. Cierto sector de la población sí te conoce, pero es un porcentaje ínfimo.

Yo había podido dedicarme con exclusividad al atletismo porque las lesiones me habían respetado y contaba con un buen patrocinador, pero viviendo sin lujos. Y lo hacía porque era mi pasión, pues de sobra sabía que no hay contratos millonarios para casi ningún atleta, por muy alto que llegue. Y menos aún si eres mujer. Te entrevistan a las puertas de algún acontecimiento deportivo y concedes algunas entrevistas si consigues el objetivo, pero poco más.

El atletismo es un deporte muy sacrificado, pero, de alguna forma difícil de explicar, te recompensa de los sinsabores del tremendo esfuerzo físico. El que siente la llamada de las pistas de tartán, el que siente ese impulso primigenio que te insta a correr hasta reventar, no puede resistirse tan fácilmente. Este deporte es como una droga inocua, como un doloroso veneno que te destruye y, al mismo tiempo, purifica tu organismo de toxicidad y malos pensamientos.

En el avión nos pusimos en asientos contiguos y entablamos conversación sobre diversos lugares comunes que solo otra atleta o alguien muy aficionado puede conocer. “Menos mal que Caty Evans está lesionada, porque en cuatrocientos vallas era medalla segura”. “En mala hora se le ocurrió a Lisa Hartley pasarse de los doscientos a los cuatrocientos. Con lo anchas que estábamos sin ella.” “¿Crees que Lazarova puede hacer algo después del año que se ha pegado lesionada?” “Esa tía es una máquina. Ya verás como no se queda sin medalla.” “¿Ivanova hará algo?” “La risa. El tiempo que hizo en Montreal no lo repite ni loca.”

Tras diez horas de viaje, más dos de espera en el aeropuerto, rodeados por una nube de periodistas que cubrían nuestra partida a tierras argentinas, sufrimos las consecuencias del “jet-lag”. Somnolientas y agotadas llegamos a nuestra habitación, que estaba en el edificio “K”, de aquel hermoso complejo urbanístico, plagado de zonas verdes.

Coloqué la tarjeta que nos habían entregado sobre un led instalado en el marco de la puerta y ambas pasamos al interior de una habitación doble, con el suelo enmoquetado.

Dejamos nuestros equipajes en un rincón.

—Estoy tan hecha polvo que no tengo ganas ni de deshacer las maletas —sentenció Eva—. Espero que no te importe, pero yo en verano siempre duermo en bolas.

Dicho esto se desnudó impúdicamente en un santiamén y se metió debajo de las sábanas. Era una hermosa joven de piel muy morena y tersa, sin mácula. Tenía unos senos menudos, apenas esbozados. Los tendones de los femorales y los músculos de la espalda se le marcaban mucho. Llevaba el sexo completamente depilado. Aunque lo que casi me dejó boquiabierta fue su culo compacto, firme y definido, justo encima del cual, llevaba tatuados los cinco anillos olímpicos.

Sentí una especie de aguijonazo de deseo en el coño. Me di cuenta de que ella había percibido mi chequeo visual cargado de lascivia y yo, pillada en falta como una colegiala, traté de disimular:

—Veo que te has hecho un tatuaje conmemorativo. Los cinco anillos olímpicos.

—En realidad llevo seis anillos.

Y apartó las sábanas para mostrarme un detalle que me había pasado inadvertido. Llevaba un pequeño anillo en un pliegue de su vulva, que no tuvo ningún reparo en enseñarme. Me fijé en sus abdominales, totalmente marcados en reposo, puesto que se notaba que no hacía la menor fuerza para tensarlos.

Ante mi estupefacción prosiguió:

—Tranquila que aquí no llevo anillos —dijo mostrándome sus manos de dedos finos y terminando con una misteriosa carcajada.

Soy lesbiana. Nunca lo había declarado públicamente porque en el fondo del armario te dejan en paz, pero a mí lo que me va, son las mujeres. Debería habérselo dicho a Eva, pues no es lo mismo quedarse en cueros delante de una compañera heterosexual, que de una tía dispuesta a devorarte con la mirada. Pero, artera e interesadamente, había preferido mantener la boca cerrada. Si hubiera sido honesta, debería haberle dicho: “Eva: Cámbiate en el baño, porque no te voy a quitar ojo de encima. Me pones a cien”. Y ahora me sentía un poco culpable. Me había portado como una vieja babosa, como una guarra reprimida y aficionada al “voyeurismo”.

Recuerdo una reunión que tuve con Luis Arce, el presidente de la federación de atletismo, en su despacho, pocas semanas antes de viajar con la expedición española. Luis Arce no era un presidente a quien valoráramos mucho, pues no era un veterano del atletismo sino que estaba en el cargo porque era amigo del ministro de Deportes, pero se reveló como el típico cerdo que busca donde meterla.

Como sabía que estaba soltera, el muy cerdo me había tirado los tejos. Puso las manos en ojiva delante de su cara, haciéndome una demostración gráfica de lo bien que me comería el coño, pero yo me hice la despistada. No es que no me gustara él en particular, es que no me gustaba ningún ser del que colgara un pene, ese tótem carnoso por culpa del cual, los tíos se creen más importantes que nadie.

Luis Arce no sospechaba nada de mis tendencias sexuales, de modo que no tuvo inconveniente en ponerme de compañera de habitación a Eva Sánchez. De haberlo sabido quizá me hubiera buscado una habitación individual, con lo que me habría perdido la gloriosa contemplación directa del tonificado culazo de la joven.

Eva Sánchez, la joven aspirante, la esperanza del atletismo español cayó en un profundo sueño, un sueño despreocupado y totalmente ajeno a los sentimientos y al deseo desbordante que despertaba en mí.

CAPÍTULO 2. “EL CALENTAMIENTO”

Yo, Luisa Tortosa, “la gacela de Manresa”, como me apodaban los periodistas deportivos, la vieja leyenda del atletismo, participaba en los que seguramente serían mis últimos juegos, con muy pocas esperanzas de poder superar a atletas estadounidenses o jamaicanas, hartas de subir al podio de la “Golden League” y hambrientas de gloria olímpica. A juzgar por los tiempos que venía haciendo últimamente, tenía difícil hasta pasar la ronda de clasificación, pero había que darlo todo, como se dice ahora.

Fui al aseo y me contemplé en el espejo. De sobra sabía que los primeros signos de decrepitud en mi rostro empezaban a ser visibles: las patas de gallo perennemente instaladas alrededor de los ojos, esas arrugas en las comisuras de los labios, esos surcos irregulares que bajaban de los pómulos y que se acentuaban cuando sonreía. No eran marcas de expresión: eran arrugas. Nunca me habían gustado los eufemismos. Como todo quisque, me estaba haciendo mayor, estaba envejeciendo inopinadamente. 

Me había dedicado a lo que me gustaba, pero eso no quería decir que no hubiera sufrido lo indecible para ser la mejor en España y una de las favoritas en Europa. Me había tocado apretar los dientes y perder belleza por el rictus involuntario que el descomunal esfuerzo físico te obliga a efectuar. Y eso por no hablar de las interminables sesiones de gimnasio, lesiones como osteopatía de pubis, una lesión en el menisco que me trajo por la calle de la amargura, además de molestias físicas de toda índole. No tener caídos los atributos con que una cuenta al nacer está muy bien, pero no lo está tanto si, como contraprestación, te arrugas a marchas forzadas.

En lo tocante a mi vida privada, les diré que había ligado bastante; no lo voy a negar. Mi cuerpo serrano con el cero por ciento de materia grasa y mi modesta fama, habían sido reclamos suficientes para encontrar bastantes mujeres dispuestas a solazarse conmigo en la cama, en la ducha o en el asiento de atrás de un coche.

Pero, a pesar de los buenos ratos compartidos, de la recompensa gozosa que producen los cuerpos entrelazados, de la mezcla de sudor y la sinfónica cacofonía de suspiros y gemidos compuesta a dúo, nunca había encontrado un amor que me hiciera renunciar a mi soltería bien aprovechada y nada solitaria. Nunca me había acostado con una tía con la que poder compartir mi pasión ferviente por mi pedestre deporte. Ni siquiera con una atleta de bajo nivel o una simple aficionada.

Las mujeres suelen correr para perder peso; muy pocas lo hacen porque les mueva la pasión. En ese sentido, no había tenido mucha suerte que digamos.

Siempre había llevado con suma discreción mi vida privada y nunca había salido del armario. Hay gente muy desalmada por ahí que, en vez de “la gacela de Manresa” me habría llamado “machorra” o “marimacho” o vete tú a saber. No tenía la total seguridad de que esto fuera a ocurrir, pero manteniendo la boca cerrada, evitaba que pudiera surgir el problema. Pero esta situación era distinta. Esto no era un bar de ambiente, ni una discoteca de moda, sino una habitación de la villa olímpica alquilada por el equipo de atletismo español. Obviamente, yo no había jugado limpio con Eva. Decididamente, no me había portado bien, no había estado a la altura.

Me eché a dormir y al día siguiente, por la tarde, fuimos a unas pistas cercanas a hacer un suave calentamiento. Faltaban tres días para que se celebraran las pruebas eliminatorias. Al terminar la sesión, mientras hacíamos unos estiramientos sobre el césped, me dirigí a mi compañera de equipo:

—Eva: quiero pedirte disculpas.

—¿Por?

Tomé aire. No me resultaba fácil contárselo. Frunció la frente y me miró con aires de preocupación.

—Soy… soy lesbiana. Tendría que habértelo dicho, pero estaba encantada con la posibilidad de verte en pelotas. Lo siento.

Supuse que se enfadaría, que me levantaría la voz. O tal vez que se marcharía con cara de fastidio u odio sin decir esta boca es mía. Me preparé para el chaparrón encogiéndome ligeramente, pero no reaccionó con furia, ni alejándose despechada, sino que me miró con infinita ternura:

—Luisa, te admiro muchísimo. Cuando era una enana quería ser como tú. De hecho, si a algo he llegado, ha sido gracias a tu ejemplo. ¡Una española, subcampeona del mundo de los cuatrocientos! ¡Eso es lo más increíble que se ha visto nunca! Te he seguido en tu blog, he leído tus crónicas, tus consejos y he averiguado lo habido y por haber sobre ti en Internet. Y, por cierto, me he hecho miles de dedos mirándote en vídeos de tus carreras. Estabas tremenda… y lo sigues estando, no te vayas a creer.

Era un tema delicado, pero como su respuesta había sido entusiasta y halagadora, osé preguntar:

—¿Entonces tú también eres lesbiana?

—Soy bisexual —respondió con una sonrisa desinhibida—. Yo le doy a todo.

A la vuelta del entrenamiento, cenamos algo ligero, y volvimos a nuestra habitación. Fue Eva quien tomó la iniciativa:

—Tú ya me has visto en pelotas. ¿Me dejas que te vea yo?

Era lo justo y además lo estaba deseando con todo el alma. Hay quienes sostienen que la castidad es recomendable porque previene el cansancio antes de los grandes acontecimientos deportivos y otros que lo mejor es practicar sexo siempre. Yo era de estas últimas.

 Me despojé del chándal y de las prendas interiores deportivas, hasta quedar desnuda. Eva se acercó y poniendo una mano en la parte baja de la espalda, donde se arquea la columna vertebral, me obsequió con un intenso beso en la boca. Un beso de mujer dominante y enérgica; ahí no quedaba ni rastro de niña. Luego me hizo tumbarme boca arriba sobre la cama y me trabajó el coño con ímpetu desaforado. Aspiré bocanadas de aire. Lo hacía con la destreza de una cuarentona experimentada. Me empapé por dentro con los ojos haciéndome chiribitas. Un cúmulo de sensaciones liberadoras me invadió. Su lengua fina llegaba a todos los recovecos y dejaba un rastro húmedo como el que deja un caracol a su paso.

No era muy mayor, solo treinta y cinco años, pero me sentí avergonzada por no ser tan perfecta, tan poderosa, tan felina, tan joven como ella, esa reina que me estaba trabajando los bajos con la humilde servidumbre de la más arrastrada de las putas. Pero ya se sabe que el tiempo es una máquina de tejer imperfecciones y, como simple mortal que soy, nada podía hacer por detenerlo. Solo sentirme agradecida y disfrutar del momento.

Luego invertimos los papeles. Chupé con delectación cada pliegue, cada recoveco de ese coñito terso y juvenil con «piercing” incluido (las chicas de hoy en día se ponen adornos en el chochito, por si su tesoro no fuera ya lo bastante bonito por sí solo), mientras ella emitía sonidos guturales que eran como ronroneos gatunos. Le hice ponerse boca abajo y no reprimí un impulso salvaje e instintivo que me inducía a chuparle el ojete, un orificio circular y arrugado, de color amoratado. Ella facilitó la tarea poniendo el culo en pompa. Yo rodeé con mis brazos sus redondas y bien dibujadas nalgas. La comparación mental con otros culos que habían pasado por mis manos dejaba a estos por los suelos: culos amorfos y de consistencia gelatinosa, o escuchimizados y blandengues. Conocer la perfección conlleva sufrimiento, porque lo que antes era aceptable, pasa a ser una birria.

Acto seguido, coloqué sus piernas sobre mis hombros y seguí afanada en la degustación erótica de su orificio anal, buscando alcanzar la máxima profundidad. Luego, mis manos no dejaron de acariciar su piel suave como el más delicado de los pétalos, una piel que recubría su sólida carne. Mis nudillos recorrieron sus durísimos muslos, sus marcados músculos en relieve, como de estatua viviente.

Un rato después estábamos ambas sobre la cama. Fue ella, una consumada experta en estas lides, la que colocó sus piernas entre las mías de manera que hicimos una deliciosa tijera, frotándome con gran habilidad en el punto exacto, basándose sólo en mis gestos y mi boca entreabierta. Noté que me iba a correr de un momento a otro, y noté como me sobrevenía un orgasmo de gran intensidad, a resultas del cual, me quedé jadeante y trémula, con la mirada perdida en un punto impreciso, como alguien que acaba de presenciar un holocausto nuclear. Me abracé a ella como un náufrago al salvavidas y ella me devolvió el abrazo.

—¿Sabes qué? —me susurró.

—¿Qué? —musité.

—Que te quiero. Cuando me dijeron que ibas a ser mi compañera de habitación, no me lo podía creer. Eres como un sueño hecho realidad.

Daba escalofríos pensar que era ella, mi adorada Eva, la que me lo estaba diciendo a mí.

—Y yo a ti.

—¿Cuánto?

—Mucho.

—Puede que yo más.

¡Cómo no iba a querer a semejante niña! ¡Vaya si la quería! Sentí una gran satisfacción interna, unas ganas tremendas de hacer planes fascinantes, viajes de ensueño, pero desde ese momento, sentí también miedo de perderla, de que aquel cúmulo de sensaciones prodigiosas que empezaban a devenir en hondos sentimientos no volviera a repetirse. Tal vez a Eva, pasada la emoción del momento en el que había expresado sus sentimientos, le diera por buscar a otro amante de cualquier sexo más joven y con más futuro. No lo tendría muy difícil. Por si no tuviera bastante con su cuerpazo sublime y su simpatía, podía elegir entre hombres y mujeres.

Una intuición llena de pesimismo me hizo darme cuenta de que Eva no sería para mí y yo saldría malparada de todo aquello en ese momento algo se removió en mi interior llenándome de amargura. Nuestra diferencia de edad se me antojó un escollo insalvable.

Por otro lado, también temía que el recuerdo de su insultante perfección, de su cuerpo grácil, flexible y musculado, apabullase todas mis vivencias posteriores, mis noches de cazadora solitaria, en las que ya no aspiraría a caza mayor, pues una pieza de mayor calibre que Eva ya no me cobraría. Las madrugadas de búsqueda y captura se convertirían en un reto insípido y mi vida posterior tendría algo de alma en pena.

Me daba la desazonadora impresión de que iba a salir malparada de mi relación con Eva. Y es que cuando vez pruebas la comida de un chef, el menú del día (mejor dicho, el menú de la noche) ya no es lo mismo.

CAPÍTULO 3. “EL SEXO DÉBIL”

Como antes mencioné, nunca me había enamorado. No obstante, si había roto algún que otro corazón en mi historial amoroso. Sobre todo el de Victoria, Vicky para los amigos. Reconozco no haber jugado limpio con ella, hasta tal punto que mi innoble proceder había desencadenado la fatalidad.

Ocurrió en el verano del año pasado. Ella estaba en la discoteca visiblemente incómoda; no, decididamente, aquel coto de caza de lesbianas, esas amazonas del sexo lúdico, de la experimentación con juguetes que nada tenían de infantiles, no era su sitio, no le pegaba.

Tenía veintipocos años, era blanca de piel, con algunas pecas, de rasgos delicados aunque bellos y, aunque el único deporte que practicaba era andar, una sabia mezcla entre alimentación adecuada y unos genes con predisposición a la delgadez, la hacían sumamente atractiva. En su forma de hablar y de moverse, se detectaba una inocencia virginal, una candidez encantadora, aún no corrompida por la lujuria desmedida de las estajanovistas del vicio corporal que por allí abundaban.

Unas mujeres, generalmente, cortadas todas por el mismo patrón: fémina resabiadas expertas en el arte del sexo hasta antes de que anochezca, como vampiresas que se extinguen al salir el sol. La luz les deslumbra y les obliga a regresar a sus refugios y volver a sus aburridas vidas, unas vidas que las aletargan y les impiden ser la versión más primitiva y, al mismo tiempo, más divina de ellas mismas. 

Por lo general, las mujeres que pululan por esos locales ya han tenido que enfrentarse a unos cuantos desengaños; están hartas de oír mentiras esperanzadoras y falsas promesas y se conforman con darle un poco de marcha al cuerpo para afrontar con bríos renovados la semana.

Al poco de entablar conversación con ella me dijo categórica: “Yo vengo aquí a echarme novia. Si lo que buscas es un rollo de una noche, búscate a otra.” Podía haber reconocido que pretendía encontrar a una mujer para tener sexo sin complicaciones y sin enojosos compromisos, pero las perspectivas de hacerlo con ella, arrinconó el debate ético al gigantesco desván de las buenas intenciones nunca cumplidas. Así que dije: “Me ponen enferma estos sitios. La música ensordecedora, mujeres bastas que te susurran guarrerías y se rozan contigo mendigando sexo. Claro que busco una relación seria, para entregarme. Por cierto, ¿sabes que eres muy guapita?”

Al principio, no se fiaba. Sus carnes lozanas, su mirada rebosante de dulzura y bondad, valían su peso en oro en aquel lugar. Tuve que camelármela con atenciones y regalos. No es por vanagloriarme, pero en contadas ocasiones he encontrado lesbianas que se resistan a mis encantos de mujer fibrosa y atlética. Una lesbiana aprecia los músculos de una congénere, de la misma manera que un hombre venera el irresistible cuerpo de una mujer hermosa. 

Lo hicimos repetidas veces, disfrutando al máximo de nuestros cuerpos, nos dimos masajes mutuamente con aceites aromáticos, nos bañamos juntas echando al agua esencias que te transportaban a paraísos perdidos, lamimos confitura directamente de nuestros cuerpos y hasta la sodomicé en la posición de la carretilla con un consolador atado a mi cintura con un arnés.

Me siento orgullosa de ser mujer, de ser generadora de vida, de vivir en un mundo con más matices y valores que el de los hombres, pero no niego que, a veces, me gustaría tener un hermoso miembro viril entre las piernas. En los momentos en que soy presa de la excitación y me siento como una macha dominante y dominada a su vez por la lujuria, siento como si mi cuerpo estuviera emasculado, como si le faltara algo. Y entonces pienso que me haría muy feliz tener un pene en mi entrepierna, un apéndice que pudiera endurecerse con el que adentrarme en mi objeto de deseo hasta fusionarnos. Que nadie me malinterprete. No quiero decir con esto que me gustaría cambiarme de sexo. Es más bien, un anhelo pasajero, un capricho fugaz, un sueño imposible. 

Aun estando sumamente orgullosa de mi cuerpo curtido sobre las pistas y encima de los colchones, me gustaría que un gran cirujano me implantara un pene de quita y pon, pero auténtico y conectado con las terminales nerviosas, que me transmitiera las sensaciones perturbadoras que debe de experimentar quien se interna en las entrañas de otra persona con una parte de su cuerpo.

Vicky ponía empeño y procuraba no caer en la mojigatería, sobre todo en la forma de vestir, acortando faldas y acentuando escotes. Hasta se volvió una experta en el tema. “Este escote se llama “halter”. ¿Te gusta?” decía.

Pero en lo que respecta a la práctica del sexo. Había que estar diciéndoselo todo, no improvisaba, no tenía ni pizca de imaginación. 

Puedo entender que no hubiera tenido muchas amantes que la hubieran espabilado un poco, pero es que ni siquiera aprendía de un día para otro. Una de dos: o tenía memoria de pez, y eso era preocupante, o bien, le daba igual el sexo, lo cual aún era más preocupante, porque eso significaba que quería amarrarme a cualquier precio, sin demostrarme su valía, sin seducirme. Quería que la adoptara en plan maternal, pero en la conquista del amor de pareja, de nada sirve dar lástima.

Sí, me gustaba desnudarla, cogerla en brazos como si fuera mi niña; era dócil de trato, puntual en las citas y obediente como un conejillo de indias, pues no decía a casi nada que no, pero aquello no era suficiente. A mí me gustan las sorpresas y Vicky era demasiado previsible. Tenía poco nervio, poca garra. Vicky era el sexo débil.

Y ocurrió lo que termina siempre por ocurrirme, que me canso de la relación. Soy como una niña malcriada con una muñeca nueva o como un adolescente respondón con un videojuego recién comprado. Al poco tiempo, me canso. El detonante que me dio la excusa para decidirme a terminar con nuestras citas fue Manuela, una amiga de cuerpo exuberante, que me llamó. Esta mujer era una ejecutiva mexicana lesbiana que había conocido tres años atrás en una playa de Cancún. En esta ocasión, ella venía a España de visita y pensaba darle una bienvenida, que ni en bienvenido míster Marshall.

Pero volvamos a Victoria. Lo que para mí fue un juego, un pasatiempo para refocilarme con su cuerpo, para ella resultó un trauma existencial de unas dimensiones que solo un astrofísico podría calcular. Primero trató de salvar la relación rebajándose hasta extremos increíbles. Me llamaba cada cinco minutos, llamaba al portero automático de mi casa a deshoras, me enviaba ramos de rosas que adjuntaban poéticos mensajes… Daba igual lo que le dijera; no podía quitármela ni con agua caliente. 

Sabía que no estaba obrando bien porque yo no la estaba dejando, sino que la estaba abandonando, que no es lo mismo. Uno deja a alguien cuando ese alguien puede remontar el vuelo y decirse: “A otra cosa, mariposa.” Pero abandonar a alguien es dejarlo a la intemperie, solo, desolado y con la certeza de que va a tener muy complicado salir adelante por sus propios medios, porque se queda en una situación, llamémosla así, de orfandad sentimental.

La escena final la montó en un restaurante de cuatro tenedores. Elegí ese momento para hablar del asunto y poner el punto final a nuestro romance. Pensé que hablar civilizadamente en un sitio sofisticado sería lo mejor, pero me equivocaba. Había que terminar con las llamadas a horas intempestivas, había que impedir que siguiera dejándose su flaca nómina en regalos caros y absurdos. Estuvimos charlando apaciblemente y poco antes de que llegaran los postres, Victoria se arrodilló bochornosamente y me suplicó que no la dejara agarrándose a mis piernas macizas cubiertas por unas medias oscuras, como el jamón pata negra. Sollozaba. Sentí vergüenza propia y ajena. Algunos comensales que estaban a nuestro alrededor nos miraban mosqueados.

—Vicky, por favor te lo pido, no me montes escenitas. Te saco muchos años. Casi podría ser tu madre. ¿No quieres que te presente a alguna amiga? Igual surge la chispa. Ya sabes que por mi trabajo, estoy viajando constantemente y apenas podemos vernos. Ahora empiezo la preparación de la temporada, y aún me verás menos. Me gustaría seguir, pero lo mejor es dejarlo y pensar que fue bonito mientras duró.

—¡Mentira! —voceó llorosa y con una expresión que irradiaba odio—. Todo eso no son más que excusas. No te gustaría seguir, porque nunca me has querido. Me has utilizado como un trapo viejo.

—Sí te he querido —mentí.

A partir de aquí sus palabras se volvieron más gruesas.

—¡Y una mierda! Tú ya sabías cómo era yo. Te lo dejé bien claro antes de empezar, pero a ti te suda todo la polla, ¿verdad? La gran Luisa Tortosa, que tiene que cambiar de chocho más que de bragas. ¡Eres una hija de la gran puta! Eso es lo que eres.

Semejante escandalera nos hizo convertirnos en el centro de atención del establecimiento. Hubo un tipo a quien de buena gana habría estrangulado, que hasta sacó el móvil y se puso a grabar el espectáculo que estábamos organizando. Un camarero se acercó hasta donde estábamos y llamó al orden a mi acompañante:

—Señorita, por favor, cálmese o tendrá que abandonar el local.

Vicky cogió su bolso y después de lanzarme una mirada que destilaba un odio ancestral, inhumano, se marchó con un taconeo sonoro. Me dio hasta miedo y eso que esta chica me parecía más pacífica que un oso de peluche. Una vez me hube repuesto del varapalo, aboné la cuenta y me largué. Admito que me lo había ganado a pulso. Por cerda. 

Supongo que conocer a Eva es el castigo que me merezco por no haberme portado bien con Victoria. La vida siempre acaba encontrando el momento oportuno de castigarte por tus maldades.

Algún tiempo después, una conocida común me informó de que Vicky había perdido mucho peso y de que se estaba quedando en los huesos. Me la imaginé pálida y ojerosa como un espectro, con las clavículas y las costillas marcadas y me sentí fatal. Traté de ponerme en contacto con ella en varias ocasiones, pero no me cogía el teléfono.

Hará tres meses que esa misma conocida me informó de que Vicky se había quitado la vida por el método de la ingesta de pastillas de ibuprofeno. Su paso por psicólogos y psiquiatras no le ayudó a salir del pozo. Fue un mazazo siniestro, un angustioso aldabonazo en el centro de mi alma. Nunca pensé que un desengaño amoroso pudiera tener tanta trascendencia para alguien. 

Me juré que nunca me llevaría a una mujer a la cama, sin haber dejado meridianamente claras mis intenciones. Aunque, a pesar de mi propósito de enmienda, el mal ya estaba hecho. Nadie podría acusarme de nada, pero yo había matado a Vicky. No directamente, pero sí había sido la inductora originaria de su suicidio, de su descenso a los infiernos del desamor. 

Traté de convencerme de que yo no tenía la culpa de la lujuria desmedida que alberga mi voraz sexo, de que todos cometemos errores, de que Vicky era demasiado vulnerable para este mundo, de que había intentado reconciliarme con ella, hablar las cosas, hacerle saber que las relaciones, por suerte o por desgracia, se terminan, pero ninguna de estas reflexiones me tranquilizó porque, en el fondo, me sabía culpable de todo aquello. Nunca pensé que el sexo pudiera tener una cara tan terrorífica. Nunca pensé que en mi carrera pudiera haber una amarga Victoria.

CAPÍTULO 4. “EL RIVAL MASCULINO” 

Al día siguiente, muy de mañana, hicimos otra leve sesión de entrenamiento. Me apetecía hablar con Eva y, mientras trotábamos por una pista de césped, fui en pos suyo tratando de sacar temas de conversación, pero apenas me hacía caso.

Decidí no darle mayor importancia y me puse a hablar con nuestro representante en la prueba de los tres mil metros lisos. Reparé en que Eva no paraba de reírse con las ocurrencias de José Garcés, nuestra apuesta menos consolidada en los mil quinientos. De él no sabía gran cosa. Era alto y espigado, de no sé qué pueblo de Almería y creo que tenía veinticuatro o veinticinco años como mucho.

Hice técnica de carrera con ayuda de unas vallas puestas a un metro, multisaltos en la hierba y unos progresivos para terminar la sesión. Dependiendo de la especialidad hacíamos unas cosas u otras. Eva también hizo técnica de carrera y multisaltos, pero no hizo progresivos.

Sentí envidia insana de la juventud de José Garcés y de que entre sus piernas marmóreas pendería un atributo de variable consistencia del que yo carecía. Un atributo que, bien utilizado, podía dar mucho juego. Pero tampoco me vine abajo. Solo estaban charlando, riendo más bien, pero eso no significaba nada porque Eva era muy risueña. ¿A quién pretendía engañar? Ella no se reía conmigo ni la mitad que con aquel mastuerzo entrometido. ¿Pero qué estaba haciendo? ¿A santo de qué venían tales denuestos, si él no me había hecho nada? ¿Por qué no enfadarme con Eva? ¿Pero con qué derecho? ¿Acaso comerle el coño unas cuantas noches me había hecho acreedora de algún derecho vitalicio sobre ella? Es cierto que se había declarado, pero no con reflexiva madurez, sino con el espontáneo atolondramiento propio de la juventud, con la inconsistencia del papel mojado. Las comedias románticas de Hollywood y sus frases edulcoradas hacen estragos. No, no éramos pareja. Amantes sí, pero Eva no era nada mío. Yo no tenía derecho a pedirle explicaciones. Ella podía hacer de su capa, un sayo.

Normalmente pasábamos juntas la tarde, viendo la televisión en el canal internacional o paseando por algún rincón de Buenos Aires, pero aquella tarde no le vi el pelo. Antes de acostarnos saqué el asunto a relucir. Lo hice en tono casual, pero creo que, involuntariamente, mis palabras destilaron reproche.

—¿Se puede saber dónde has estado?

—¿Me vas a hacer un interrogatorio? —inquirió desabrida.

Dulcifiqué mi voz al máximo.

—¿Tanto te cuesta decirme dónde has estado? Te he estado esperando en la habitación mucho rato y no aparecías. Te lo pregunto más que nada porque si tú no cuentas conmigo, yo pueda hacer otros planes.

No respondió enseguida. Había algo de hosquedad (no sabía si contra mí o contra el mundo) en su actitud, en su mirada abstraída.

—Con José; me parto el culo con él. Lo conocí en una concentración que hicimos en Pamplona.

—Ah. Ya veo que hacéis buenas migas. Muy buenas migas.

Había retintín en mi voz.

—¿Estás celosa? Solo hemos estado hablando.

—En absoluto —mentí como una bellaca—. Déjame que me sitúe, pero, ¿y qué hay de lo nuestro? ¿Ya no sientes nada hacia mí?

Su silencio reflexivo nutrió mis esperanzas cada vez más depauperadas. No estaba todo perdido. Había que pelear. Nadie iba a ganar la batalla por mí.

—¿A que tiene novia?

—Sí, pero está pasando por una mala etapa con ella. 

—¡Por supuesto! —repuse con sorna, viendo así confirmada mi corazonada—. Parece mentira que no conozcas a los tíos. Para dar pena, siempre están mal con la novia anterior, pero cuando se te cepillan un par de veces se aburren y vuelven con ella. Más vale malo conocido…

—¿Y tú cómo conoces tan bien a los tíos?

—Porque son más simples que el mecanismo de un chupete. Nosotras somos más nobles en el terreno de los sentimientos, y por lo tanto más leales. A los hombres les pierden unas faldas, se van de putas, viajan a países solo para acostarse con menores, se casan con mujeres mucho más jóvenes, tienen varias mujeres o amantes a la vez…, ¿y sabes por qué? Pues porque para ellos, las mujeres y sus sentimientos son lo de menos; pamplinas de novelas románticas. Lo importante es que el agujero dónde meterla esté bien lubricado y lo demás se la trae al fresco.

Eva se acercó a la ventana y, dándome la espalda, se puso a mirar por ella las luces de la metrópoli bonaerense.

—Ser bisexual está muy bien. Como decía Woody Allen, uno tiene el doble de posibilidades de ligar un sábado por la noche. Pero, en realidad, no es tan bonito como parece. A la hora de la verdad tienes que elegir. Y no sólo de persona, sino de sexo. ¿Cuál es la decisión acertada que me hará avanzar en la vida? He disfrutado de encuentros con hombres y con mujeres, pero en ambos casos me han surgido dudas; no me decanto por ninguna de las dos tendencias. Con las mujeres tengo más complicidad, pero no me imagino formando una familia. Ya sé que las lesbianas se pueden casar, pero hay mucha gente que eso no lo ve con buenos ojos. Hasta yo lo veo extraño, siendo que podría elegir a un hombre para compartir mis días. En ese sentido, con los hombres veo más futuro, pero, cuando estoy a solas con ellos, me falta la delicadeza, la compenetración que he encontrado en compañía de amantes femeninas. Ser bisexual no es ningún chollo. Me siento como una hermafrodita sexuada con órganos femeninos. Que una tenga mucho donde elegir, no significa que vaya a elegir mejor.

Fui andando hasta ella despacio, como quien se acerca a un suicida o a un gato esquivo al que quiera acariciar. Mis manos se posaron suavemente en sus firmes caderas; no rehuyó el contacto.

—Al diablo lo que diga la gente —dije arrodillándome detrás de ella—. En un futuro, podemos hacer lo que queramos. Adoptar, tener hijos por fecundación asistida. Afortunadamente hemos nacido en una época en la que no nos quemaran vivas en la hoguera por compartir la cama. Además, puedo entrenarte. Lo haría tan bien o mejor que tu entrenador. Tienes por delante años muy buenos. Aún tienes muchas fibras rápidas en los músculos. Vamos a ver cómo estás de fibras rápidas…

Besé y chupé su recia nalga derecha a través de la tela de su fino pantalón de algodón. Sabía a suavizante.

—Me va bien con Isma, no me quejo —dijo refiriéndose a su entrenador.

Tuve que estrujarme el cerebro al máximo para no quedar como una insensata. Ismael Vergasa era un peso pesado en la federación y una persona muy querida.

—Isma es el mejor preparando la distancia, tiene mucha experiencia porque entrena en un club de atletismo muy importante, pero nunca ha tenido atletas que hayan alcanzado la élite. Un buen entrenador tiene que tenerte tomada la medida a la perfección. Conocer cada costumbre, cada detalle, cada peculiaridad física de su pupila. Yo me dedicaría a ti en cuerpo y alma. Isma tiene que repartir sus atenciones entre Roberto Ríos, Silvia Lacuesta y este otro chaval, el pelirrojo, Heredia…

—Iriarte, Héctor Iriarte —intervino Eva.

—Eso. Héctor Iriarte. Pues eso, que me parece que es querer abarcar demasiado.

Le bajé el pantalón y ella no dijo ni pío. No sabía si era el momento oportuno, pero el sexo me pierde. Su culo estaba moreno; ni una marca del biquini. Las piernas eran un delicioso compendio de tendones y músculos. Pensé que con semejante cuerpazo, a uno no le debe de quedar más remedio que volverse narcisista. Luego abracé sus muslos endurecidos. Después me incorporé y la abracé por detrás. Le besé el cuello y el vello de la nuca.

—Podemos hacer grandes cosas juntas.

Ella permanecía en un silencio hermético. Miraba lejos, muy lejos, más allá del horizonte, más allá de la noche. Puse mis manos en sus pequeños pechos y se los sobé. Ella no reaccionaba. Tanto silencio empezó a preocuparme.

—¿En qué piensas? —le pregunté.

—Creo que lo nuestro ha sido un error.

Aunque sabía que aquello, no solo podía pasar, sino que seguramente ocurriría, acusé la brutal declaración. Como en una final en la que sé que no tengo posibilidades, una siempre se agarra a las esperanzas de que una se tropiece, a otra la descalifiquen por pisar la línea y acabe obteniendo un resultado favorable.

Me sentí tan débil, tan sentenciada, que no tuve fuerzas para pedir explicaciones y mucho menos para discutir o buscar las razones de aquella decisión. ¡Qué más me daban las razones que esgrimiera! Es la voluntad de una persona la que te une o te separa.

No cabía duda de que José se había interpuesto en nuestro camino y había triunfado. Él era más joven, más fuerte y tenía más hambre. No sabía el porcentaje de importancia de su órgano reproductor, pero envidié su pene. Quizá las lesbianas no seamos más que hombres frustrados. 

Eva era muy madura y, a pesar de su corta edad, ya buscaba una pareja estable. Sabía que él le convenía más que yo, pero me dolía haber perdido la partida. A nadie le gusta perder y menos a mí que he saboreado muchas victorias. Alguna amarga, pero así es la vida.

Me senté en la cama, ligeramente encogida. En ese momento no tenía ganas de nada. Ella no me consoló, pero vi que sus ojos estaban enrojecidos y ya no podían contener algunas lágrimas.

—Lo siento, Luisa. Para mí seguirás siendo un mito. Me alegro de haber compartido tantos momentos juntas. Pero me he dado cuenta de que no eres esa persona especial que todo el mundo busca.

No respondí. Sabía que lo que me estaba ocurriendo era el justo castigo por lo mal que me había portado con Vicky, por utilizar su cuerpo en lugar de sentir su alma. En definitiva, por no dejar claras las reglas antes de empezar el juego.

2 respuestas a «Reinas del estadio»

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