Sobre mí

Mi primer contacto con la literatura fue a los cinco años de edad, cuando me regalaron una colección con varios cuentos de la serie azul de El Barco de Vapor. El primero que recuerdo haberme leído fue Un duende a rayas. Por aquella época, como me costaba mucho leer en silencio, leía en voz alta, preguntando a familiares el significado de algunas palabras. Otra de mis primeras lecturas fue Otto es un rinoceronte de Ole Lund Kirkegaard, un exitoso autor danés que murió con apenas treinta y ocho años.

Con el paso de los años, me seguí adentrando en el mundo de la lectura. Enseguida le llegó el turno a la serie naranja de la colección de El Barco de Vapor. Entre otras, recuerdo El pirata Garrapata. También viví aventuras junto a Los Cinco de Enid Blyton, así como me adentré en infinidad de misterios, de la mano de Alfred Hitchcock y los tres investigadores.

Recuerdo que, con catorce años, leí Relámpagos, de Dean Koontz, un autor que se ha dedicado básicamente al género del terror, aunque al principio escribía ciencia ficción. La novela estaba en una edición de bolsillo de Plaza & Janés y tenía unas cuatrocientas páginas. Hasta el momento, las novelas que había leído no pasaban de las doscientas. Nunca he leído demasiado rápido y me temí que me costaría mucho leerlo, pero me enganchó hasta el punto de que Koontz se convirtió en mi escritor de referencia en aquella época. Ahora apenas leo a este novelista, pero en ese momento fue un autor que me sirvió para ganar confianza y leer narrativa destinada al público adulto.

Desde entonces fui ampliando mi espectro lector. Aparte de Koontz, también leía novelas de Stephen King, Tom Clancy, John Grisham y Michael Crichton. Ahora que reflexiono sobre aquello, por aquel entonces, parece que los autores que más me llamaban la atención eran estadounidenses. Y si se habían hecho películas de sus obras, mucho mejor.

En 1996 empecé a llevar en una hoja de cálculo —que hace las funciones de base de datos— una modesta ficha con los libros que leo. Hago mención si se trata de un clásico, el género al que pertenece, el nombre del autor, el título de la obra, la editorial, el año de primera publicación, el número de páginas y la nacionalidad del escritor. A día de hoy llevo 535 libros registrados, lo que representa aproximadamente dos libros mensuales. Y es que leer para mí es un buen hábito que me ayuda a llevar mejor la vida y, aunque tenga ciertos altibajos por cuestiones de tiempo, sigo siendo fiel a mi afición. Además, me gusta organizarme así, con la hoja de cálculo, para saber cuántos libros leo cada año, cuántos me he leído de tal escritor, cuántos de terror, cuántos de tal editorial, cuantos de escritores franceses, etc.

Creo que un lector es más feliz compaginando obras de diferentes géneros y yo tengo la suerte de tener un gusto variopinto. Al principio solo leía novelas, pero poco a poco, para no caer en la monotonía, me fui acercando a ensayos, libros de divulgación y relatos. También a los libros de viajes y, en menor medida, también he leído biografías, cómics y libros de poesía.

En 1997, en el instituto, gané un concurso literario con un relato llamado La obsesión. Al año siguiente, con veinte años, escribí una novela destinada a un público de diez o doce años titulada Los conquistadores de la libertad. Es una novela fantasiosa y de aventuras ambientada en un mundo imaginario. En el 2004 escribí otra novela también destinada a un público de diez o doce años llamada Perrerías. Es una obra sobre un niño que tiene la capacidad de hablar con los perros.

En noviembre de 2015 se me ocurrió una idea para una novela histórica de intriga para mayores de edad y, a partir de aquel momento, me puse manos a la obra.

En 2016, cuando Amazon empezó a adquirir popularidad entre nuevos escritores, decidí sacar del cajón Perrerías y, tras efectuar ciertas correcciones, lo publiqué. En el verano del año siguiente, en 2017, publiqué Los conquistadores de la libertad, la primera novela que había escrito, en Amazon. Ambas siguen estando disponibles en esta plataforma. También he escrito cerca de una treintena de relatos que, en parte, iré compartiendo en este blog.

Por fin, el día 7 de junio de 2020, tras casi cinco años de trabajo, publiqué Mujeres prodigiosas en Amazon, mi mayor proyecto hasta la fecha. La novela consta de 207.000 palabras, tiene 3 partes y está dividida en un total de 62 capítulos.

La primera parte, se sitúa principalmente en Madrid, entre finales del siglo XIX y principios del XX. La protagonista aquí es Carmen Hobart, una joven frustrada por no poder estudiar Periodismo en la Universidad, que entra a trabajar como secretaria en el despacho de Teo Salillas, un abogado laboralista. Al aceptar el puesto, Carmen pasa a formar parte de una sociedad secreta que tiene una gran relación con el movimiento olímpico y con el feminismo, ambos todavía en sus comienzos.

La segunda parte está ambientada fundamentalmente en un convento de Sevilla y ocurre a finales del siglo XV y principios del XVI, en la época de los reyes católicos. Los tres protagonistas son Fray Bernardo, un monje benedictino; Doña Eva Sarmiento, dueña del convento dúplice de Santa Inés y una monja llamada Sor Juana. Junto a los personajes ficticios, aparecen personajes históricos como el mismo cardenal Mendoza o el inquisidor general Diego de Deza.

La tercera parte está situada en Zaragoza, en un futuro cercano. La protagonista es una atleta extraordinaria llamada Tania Blanco. También tiene importancia en la historia su madre, Mónica Blanco, y sus amigas Rebeca Erce y Estefanía Roca. Es la parte más especial de las tres, pues se trata de un musical de rap. ¿Por qué un musical de rap? Lo hice así porque me gustaba cómo quedaba y quería rematar la novela de forma original.

Quiero destacar varias cosas de los párrafos rimados de esta última parte: los versos son libres, no están medidos y no figuran en estrofas con las líneas separadas en el centro de la página, sino que aparecen como un párrafo normal, aunque en cursiva. Asimismo, en algunas escenas, he tratado de que rimaran los diálogos de los intervinientes. Es importante destacar también que no hay una pauta fija en las rimas: en ciertas ocasiones existe un juego de palabras dentro de la misma frase, en otras riman tres frases seguidas…

Esta última parte de Mujeres prodigiosas es deudora de mi afición por el rap y las películas musicales. Siempre he creído que existe una rígida separación entre la prosa y la poesía. La novela es el género literario de más éxito, sin duda. Se consume poca poesía, salvo algunos autores clásicos (Lope de Vega, Francisco de Quevedo) y otros más modernos como Antonio Machado o Federico García Lorca. Pero a pesar de que la lírica pura tiene poca difusión en la actualidad, la gente valora las nuevas formas de las que dispone la poesía para entrar en nuestras vidas: el fraseo de los raps; las rimas de las canciones; los eslóganes publicitarios; las cancioncillas infantiles con su soniquete… ¿Por qué nos gustan? ¿Por qué se nos quedan grabadas y difícilmente se borran de nuestra memoria por muchos años que pasen desde que las escuchamos? Considero que la razón principal es que los seres humanos disponemos de una sensibilidad estética, de una predisposición sensitiva favorable hacia las rimas. Por eso, en la tercera parte de la novela, he querido fusionar prosa y poesía, tratar de que vayan de la mano y no por caminos distintos y para ello he puesto cuantas parrafadas y diálogos rimados se me han ocurrido.

Sin más y esperando que disfruten de Mujeres prodigiosas, mi última novela y de los relatos que les brindo de forma totalmente gratuita en este blog, les doy infinitas gracias por su presencia.

Javier Béjar